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Amanda, Nora y Riley no podían imaginar la increíble aventura que iban a vivir esa mañana. Su plan no era otro que visitar el museo arqueológico de la ciudad. Y, en ello estaban cuando, distraídas por las historias de faraones que Amanda les estaba contando, de pronto, las tres amigas se dieron cuenta de que no había ningún visitante más a su alrededor…
¡Se habían perdido en un pasillo desierto del museo! En un pasillo, largo y silencioso, que conducía a una puerta cerrada y con un cartel pegado que Riley leyó en voz alta: «Mastaba de la reina egipcia Nefertari»… Y, cuando Amanda abrió la puerta, las tres amigas se vieron inmersas en una sorprendente e inesperada aventura.
ÍNDICE
- Visita al museo
- Una sorpresa inesperada
- Viaje a la cima
- El secreto del papiro
- El reto
- La gran roca negra
- El río y la luna
- Verde, azul y rojo
A continuación se reproducen los cuatro primeros capítulos del libro.
CAPÍTULO 1 • VISITA AL MUSEO
Había una vez tres grandes amigas, que se llamaban Amanda, Nora y Riley. Formaban un equipo inseparable. Las tres jugaban, aprendían y se divertían siempre juntas. Y, hoy, estaban muy contentas porque iban a visitar el museo arqueológico de su ciudad.
Amanda fue quien tuvo la idea de ir al museo. Ella adoraba los libros sobre el antiguo Egipto que tenía en casa. Y, en la visita al museo, iba a compartir con sus dos grandes amigas algunas de las maravillosas historias que había leído sobre las pirámides y los faraones. Y también sobre los jeroglíficos. Sobre esa forma de escribir con dibujos que utilizaban los antiguos egipcios para contar sus historias en las paredes de los templos, en las tumbas y en otros monumentos.
Llevaban ya dos horas recorriendo el museo y disfrutando de lo que les contaba Amanda sobre Egipto cuando, de pronto, las tres amigas se dieron cuenta de que no había ningún visitante más a su alrededor… ¡Estaban ellas solas!…
¿Qué había pasado?…
Sin darse cuenta, distraídas, se habían perdido en un pasillo del museo, silencioso y desierto. Era un largo pasillo, al final del cual había una puerta cerrada. Y, pegado en la puerta, había un cartel que Riley leyó en voz alta: «Mastaba de la reina egipcia Nefertari».
Al ver que tanto Riley como Nora la miraban con cara de curiosidad, porque no imaginaban qué podía haber detrás de la puerta, Amanda les explicó que una mastaba era una tumba pequeña y muy antigua que los egipcios construían con bloques de piedra, dándole la forma de una gran caja con las cuatro paredes inclinadas. Y con el techo y las paredes decoradas con jeroglíficos que contaban la historia de la persona a la que estaba dedicada la mastaba.
Con mucho cuidado, Amanda abrió la puerta en la que estaba pegado el cartel y, seguida por sus dos amigas, entró en una sala que estaba casi a oscuras. Y las tres abrieron los ojos de par en par, maravilladas por lo que vieron en el centro de la sala: ¡Era, ciertamente, una mastaba!… Con las cuatro paredes hechas con bloques de piedra cubiertos de bellos dibujos; de jeroglíficos, como les había dicho Amanda.
Las tres amigas empezaron a dar vueltas alrededor de las paredes de la mastaba, viendo los jeroglíficos que mostraban a la reina Nefertari, a quien estaba dedicada la mastaba. En algunos de los dibujos grabados en las paredes, la reina estaba junto a bellos animales. En otros, se veía a Nefertari paseando junto a un río, sentada en un trono, subida a un carro tirado por dos hermosos caballos y en otras muchas actividades. Y, curiosamente, en casi todos los jeroglíficos, Nefertari no estaba sola… A su lado, aparecía siempre un pequeño y bello zorro de pelo naranja y blanco.
Pero lo que más sorprendió a las tres amigas es que en ninguna de las cuatro paredes había una puerta para entrar al interior de la mastaba. Amanda había leído que algunas mastabas tenían una puerta secreta pero, aunque dieron varias vueltas alrededor de la mastaba, observando con detalle los jeroglíficos de las paredes, no encontraron ninguna pista ni señal de que hubiera una puerta.
Cuando las tres amigas se disponían ya a salir de la sala donde estaba la mastaba, Nora exclamó, apuntando con el dedo a uno de los jeroglíficos…
—¡Mirad, mirad!… ¡Ahí está mi gema favorita!… A Nefertari le gustaban los zafiros azules, como a mí…
—¡Hay también una esmeralda! —dijo Amanda, señalando a otro jeroglífico, en el que Nefertari aparecía con una bella esmeralda verde en la mano.
—¡Y hay un granate… Mi gema favorita! —añadió Riley, señalando con el dedo el dibujo de una piedra preciosa de color rojo que colgaba del brazalete que llevaba Nefertari, en otro de los jeroglíficos—… Yo creo que la reina Nefertari sería muy amiga nuestra, porque sus tres gemas favoritas son también las nuestras.
—¡Es verdad!… Pues vamos a despedirnos de ella señalando con un dedo la gema que nos gusta más a cada una, mientras le decimos «¡Adiós, amiga Nefertari!»… ¿Vale? —propuso Amanda.
Amanda apuntó con el dedo a la verde esmeralda dibujada en uno de los jeroglíficos; Nora señaló con un dedo el zafiro de color azul y Riley hizo lo mismo apuntando al bello granate de color rojo. Las tres amigas se miraron sonrientes y, cuando Amanda hizo una señal inclinando la cabeza, las tres gritaron alegres… «¡Adiós, amiga Nefertari!».
Y, justo en ese instante, Amanda, Nora y Riley vieron como la mastaba empezó a vibrar, haciendo un gran ruido. Y, de pronto, una de las paredes se partió por la mitad, abriendo un hueco tras el que había una escalera que descendía hacia un oscuro agujero en el suelo de la mastaba.
Las tres amigas se miraron con cara de sorpresa y emoción. Y, sin dudarlo, empezaron a bajar por la escalera…
Pero no habían hecho más que bajar unos pocos peldaños, cuando la mastaba empezó a vibrar otra vez, con el mismo ruido de antes… Y, al mirar hacia arriba, vieron como las dos mitades de la pared de la mastaba que antes se habían separado, se volvían a juntar ahora, cerrando la puerta… Y Amanda, Nora y Riley se quedaron a oscuras, encerradas dentro de la mastaba de la reina Nefertari.
¿Qué extraña magia hizo que la pared se volviera a cerrar?… ¿Y qué oscuro secreto se escondía al final de la escalera, en el interior de la mastaba?
CAPÍTULO 2 • UNA SORPRESA INESPERADA
Con esas dos preguntas dando vueltas en sus cabezas, las tres inseparables amigas siguieron descendiendo por la estrecha y oscura escalera de piedra.
A medida que bajaban se hacía más visible una tenue luz que vibraba al final de la escalera. Parecía la luz de una antorcha encendida. Y, al llegar al fondo de la mastaba, Amanda, Nora y Riley se llevaron otra gran sorpresa…
La escalera terminaba en la entrada a una sala iluminada por dos antorchas que colgaban de las paredes. Y en el centro de esa gran sala había una bella estatua de la reina Nefertari. Las dos manos de la estatua de la reina sostenían una bandeja de plata con tres gemas: una esmeralda, un zafiro y un granate. Eran las tres piedras preciosas que Nefertari adoraba… Y que, sorprendentemente, eran también las gemas favoritas de Amanda, de Nora y de Riley.
—Mirad, parece como si la estatua de Nefertari nos quisiera regalar nuestras tres gemas favoritas —dijo Amanda, abriendo los ojos de par en par, maravillada—… En la bandeja hay una preciosa esmeralda verde… ¡Mi gema favorita! La que antes he señalado con el dedo en el jeroglífico de la pared de la mastaba —añadió, emocionada.
—Hay también un zafiro azul en la bandeja… Mi gema favorita; la que señalé yo en el jeroglífico cuando se abrió la pared de la mastaba —añadió Nora.
—¡Y está también mi piedra preciosa favorita!… ¡El granate! —exclamó Riley.
—Yo creo que Nefertari era una reina mágica. Seguro que pensaba que, algunos siglos después, nosotras tres descubriríamos el secreto para entrar en su mastaba… ¿No os parece? —dijo Amanda, mirando a sus dos amigas.
Las tres rodearon la sonriente estatua de Nefertari, mirando emocionadas las tres bellas gemas que brillaban en la bandeja… Y Amanda tuvo una idea…
—¡Ya sé!… Vamos a recoger cada una nuestra gema favorita de la bandeja —propuso Amanda—. Antes, cuando hemos señalado nuestra gema favorita en los jeroglíficos, se ha abierto la puerta para entrar en la mastaba. Y si ahora las tres recogemos nuestra gema favorita de la bandeja, a lo mejor se abre la puerta otra vez y podemos salir.
—¡Qué buena idea! —coincidieron Nora y Riley. Y las tres tomaron su gema favorita de la bandeja de plata de la reina.
Con la gema en la mano, Amanda, Nora y Riley permanecieron en silencio, atentas a cualquier ruido o movimiento en la mastaba, y mirando de reojo hacia la oscura escalera por la que habían bajado.
Pero no ocurrió nada… Nada vibró ni se movió… Hasta que, de repente, del zafiro que Nora tenía en la mano, salió un gran chorro de luz del mismo color azul del zafiro. Y, al mismo tiempo, otro brillante chorro de luz verde empezó a salir de la esmeralda en la mano de Amanda. Y un tercer rayo de vibrante luz roja surgió del granate que llevaba Riley en la mano… Los tres haces de luz se fundieron, envolviendo a las tres amigas en un torbellino de luminosos colores que las despegó del suelo y las hizo desaparecer, succionándolas a través de un portal de luz.
Fue un viaje mágico. Como en un sueño, Amanda, Nora y Riley volaron con los ojos cerrados a través de un túnel de luz de colores verde, azul y rojo. Un viaje alucinante que terminó cuando el torbellino de color que las envolvía se detuvo y las tres amigas abrieron los ojos…
Y, al hacerlo, descubrieron, con gran sorpresa, el increíble lugar al que habían llegado…
CAPÍTULO 3 • VIAJE A LA CIMA
Cuando el túnel de luz de colores verde, azul y rojo se desvaneció, Amanda, Nora y Riley aparecieron en la cima de lo que parecía una torre muy, muy alta…
Al mirar hacia arriba y a los lados sólo se veía el azul del cielo. Y, al mirar hacia abajo, lo que vieron era un interminable desierto de arena, cruzado por lo que parecía una larga serpiente de color azul que salía de una montaña de color negro… ¡Era un río! Un gran río que serpenteaba por la arena del desierto.
Amanda se asomó al borde de la cima de bloques de piedra a donde habían llegado viajando en el túnel de luz y, llevándose las manos a la boca, gritó asombrada:
—¡Estamos en el pico de una enorme pirámide!… ¡En medio del desierto!
—Pero es una pirámide un poco rara… ¡Es gigantesca, como si tuviera muchos pisos, uno encima de otro! —exclamó Riley, al mirar hacia abajo, asomada también a uno de los bordes.
—¡Parece la pirámide escalonada del faraón Anati!… Está dibujada en los libros sobre el antiguo Egipto que tengo en casa —dijo Amanda—. La hicieron los egipcios construyendo siete pisos, uno encima de otro…
Nora se asomó también al borde para ver los pisos que formaban la pirámide y, girando la cabeza hacia sus dos amigas, se lamentó:
—La pirámide es muy, muy alta… ¡No vamos a poder bajar de aquí!
Y, de repente, antes de que Nora terminara de decirlo, se abrió un gran boquete en el pico de la pirámide donde estaban, y las tres amigas se deslizaron hacia el agujero. Las tres se agarraron de las manos y, abrazadas, cayeron dentro de una gran cesta redonda que ocupaba el centro de una sala.
La primera sorpresa se la llevaron al ver que la cesta estaba llena de telas de colores que brillaban bajo el chorro de luz que entraba por el agujero del techo. Y su asombro fue aún mayor cuando, al asomarse por encima del borde de la cesta, vieron que una de las paredes de la sala estaba llena de huecos en los que había hermosas estatuillas de animales.
—¡Hala!… ¡Esas estatuas son de nuestro animal favorito! —celebró Riley.
—¡Es verdad, son gatitos! —dijo Nora, encantada.
—¡Y mirad, mirad lo que hay allí!… —Amanda señaló con el dedo un arcón de piedra, decorado con jeroglíficos, que había junto a otra de las paredes de la sala— ¡Es un sarcófago! —añadió.
Las tres amigas se bajaron de la enorme cesta dando un salto y corrieron a ver la colección de esculturas de gatos que ocupaba una de las paredes de la sala. Y se divirtieron eligiendo cada una las estatuillas de los gatos que más les gustaban, e inventando nombres para ellos.
Seguían entretenidas, compartiendo risas y también preguntándose por qué había un hueco vacío, sin estatuilla de gato, en el centro de la pared, cuando oyeron una voz a su espalda: «¡Bienvenidas a mi pirámide!»…
CAPÍTULO 4 • EL SECRETO DEL PAPIRO
Amanda, Nora y Riley se quedaron en silencio, sobresaltadas. Y, al darse la vuelta, vieron a la protagonista de ese saludo…
Sentada sobre el gran sarcófago de piedra que había junto a la pared del fondo de la sala, había una figura sonriente. Iba vestida con una larga capa de color blanco que le cubría la cabeza y rodeaba su sorprendente rostro… ¡El rostro de un bellísimo gato! Y lo más asombroso es que esa elegante figura era casi transparente… ¡Era un fantasma!…
—Hola. Bienvenidas a mi pirámide —repitió con voz dulce y agradable—… Soy Bastet, la diosa del amor y la protección. Y diosa de los Maus: los gatos protectores de los hogares y las cosechas.
Amanda se adelantó a sus dos amigas y, confiada, se acercó sin miedo a la bella fantasma…
—¡Hola Bastet! —la saludó con una sonrisa—. En mis libros sobre Egipto dice que tú eres tambien la protectora de la reina Nefertari… ¿Es verdad? —le preguntó Amanda, con curiosidad.
—Sí, yo soy su protectora… Y por eso estáis aquí, en la pirámide donde yo vivo —respondió Bastet.
—Pero si nosotras sólo estábamos visitando el museo arqueológico… —dijo Nora, encogiéndose de hombros y levantando las palmas de las manos.
—Hemos tenido que esperar siglos pero, finalmente, vosotras conseguisteis entrar en la mastaba de Nefertari. Y tenéis las gemas que la reina y yo preparamos para quien descubriera la entrada. Esas gemas mágicas son las que os han traído aquí y las que, si estáis dispuestas, os darán también superpoderes para que podáis combatir a los villanos y ayudar a quien lo necesite —explicó Bastet.
—¡Sí, por favor!… ¡Nos gustaría tener los superpoderes de las gemas mágicas! —dijo Amanda con júbilo.
—Pero, para tenerlos, antes tenéis que superar el gran reto. Y, si lo conseguís, os diré las palabras mágicas que harán que las gemas os conviertan en Chicas Kitkat; en superheroínas protectoras de las personas y los animales.
—¡Sí, sí…! ¡Estamos dispuestas! —gritaron las tres a la vez.
—Pues entonces, preparaos para enfrentaros al gran reto, a la prueba que tenéis que superar —dijo Bastet, al tiempo que su imagen se convertía en un remolino de luz blanca que desapareció, entrando como un chorro de luz en el sarcófago de piedra en el que había estado sentada.
Amanda, Nora y Riley se quedaron boquiabiertas, asombradas por lo que habían visto. Pero, antes de que les diera tiempo a reaccionar, el chorro de luz blanca volvió a salir del sarcófago y se convirtió, de nuevo, en la imagen casi transparente de la diosa Bastet. Ahora, estaba de pie, frente a las tres amigas y con un papiro en la mano.
Despacio, Bastet desplegó el papiro en el que había varias palabras escritas. Y, mostrándoselo a las tres amigas, les dijo que ese era el reto que tenían que resolver. Una prueba que, si la superaban, haría muy feliz a la reina Nefertari.
Pero, al verlo, las tres amigas cruzaron una mirada de decepción… Porque ninguna de las tres era capaz de leer las palabras escritas en el papiro:
orroz le, ceneF a datacseR
kedoS onalliv le rop odarutpac
Al ver su reacción, Bastet les dijo que, para saber cuál era el reto, antes tenían que ser capaces de leer el papiro. Y, con una sonrisa, las animó diciendo que estaba segura de que lo conseguirían. Y añadió que, si las tres leían en voz alta lo que estaba escrito en el papiro, mientras cada una tenía su gema en la mano, un túnel de luz las llevaría fuera de la pirámide para que intentaran superar el reto.
—¡Ah!… Y cuando consigáis superarlo, sabréis como regresar aquí, a la cima de la pirámide, donde yo os estaré esperando —dijo Bastet, antes de convertirse de nuevo en un haz de luz blanca que desapareció, entrando por una rendija del sarcófago de piedra.