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Un año después del hallazgo, la noticia volvió al Telediario de las 9 de la noche: «La policía sigue sin avanzar en el caso del cadáver encontrado por un vecino en el parque de Montegancedo, junto a la M40. Apareció, con la cara desfigurada, en las ruinas de uno de los polvorines militares que se construyeron en esa finca a principios del siglo pasado». Y, al terminar el informativo, sonó el teléfono de Mauro Ruiz. Era Willy, el amigo periodista que cubría sucesos y tribunales para media docena de medios online. Quedaban un par de veces al mes, cuando Willy se acercaba al Juzgado de Primera Instancia de Pozuelo de Alarcón, en Ática, a hablar con la garganta profunda judicial que tenía ahí.
«Necesito que me eches una mano. Mañana voy a tu pueblo… Acabo de hablar con tu vecino de la cosa judicial, el de ahí de Ática, y me acaba de soplar que el cadáver, que apareció con la cabeza rapada y pintada de color entre púrpura y azul, llevaba en el bolsillo un papel, del mismo color del que tenía pintada la cabeza… ¡Era un cheque al portador!… Tengo algo más que una corazonada, Mauro. Ahora cuando colguemos voy a hacer otra llamada. A alguien del entorno con el que has bregado en los últimos tiempos. Y, si lo que me ronda por la cabeza es atinado, tengo un pelotazo de exclusiva… Pero mañana te cuento…».
Mauro iba ya por el segundo café. Eran las diez y media de la mañana y la silla de Willy seguía vacía. Le había enviado ya varios mensajes al buzón de voz y unos cuantos WhatsApp, pero iban a dar las doce y seguía sin recibir respuesta. Y Mauro pagó los cafés y tomó el camino de vuelta a casa. A las seis de la tarde el teléfono seguía mudo…
Hacía ya dos semanas de su desaparición. Desde la mañana en la que Mauro quedó con él en la Taberna de los Poetas de Pozuelo, para ir a recorrer el Polvorín de Retamares en el parque de Montegancedo. Ayer, Mauro se acercó al edificio del barrio de Arapiles donde vivía Willy, pero nadie contestó al timbre de su apartamento y el portero no le había visto entrar ni salir en las últimas dos semanas. Willy seguía mudo y perdido. Sin dar señales de vida… «¿Dónde se habrá metido Willy?… ¿Por qué habrá desaparecido?».
Y Mauro decidió que era hora ya de ir en su busca. Willy le dijo que su sospecha estaba conectada con alguien del entorno con el que él, Mauro, había tenido que bregar. Y vio claro que debía empezar por el círculo en el que ambos se conocieron y que fulminó su sueño de alquimista digital.
Había que viajar a un pasado reciente, a 2017, y adentrarse en un intrincado laberinto lleno de encrucijadas, con portales web, empresas de tecnología, apuestas bursátiles, flores exóticas, redes sociales, criptomonedas y venganzas personales.
A continuación se reproduce el prólogo y los cuatro primeros capítulos de la novela.
PRÓLOGO
Domingo, 4 de octubre de 2020.
Informativo de las 18:00 horas:
«Alertada por la llamada al 112 de un vecino del barrio de La Cabaña, la policía de Pozuelo de Alarcón ha encontrado un cadáver en una garita de las ruinas militares del antiguo Polvorín Retamares, en el parque de Montegancedo. Ampliaremos la información en próximos boletines».
Y, a partir de ahí, la radio no dio tregua esa tarde. Cada hora. En cada boletín de noticias.
Informativo de las 19:00 horas:
«Abrimos con nuevos detalles sobre el hallazgo en Montegancedo. La policía informa que el cadáver es de un varón, de mediana edad. Ha aparecido con el rostro desfigurado. En posición erguida y con la mitad inferior del cuerpo hundida en un agujero en el suelo de la garita».
Informativo de las 20:00 horas:
«Última hora sobre el cuerpo hallado en los alrededores de Pozuelo… El cadáver tiene las yemas de los dedos quemadas y no es posible tomar sus huellas dactilares. Según el portavoz de la policía, «el autor o autores han puesto mucho empeño en dificultar su reconocimiento». Seguiremos informando en próximos boletines horarios».
CAPÍTULO 1 • Un año después
Lunes, 25 de octubre de 2021. Un año después del hallazgo en Montegancedo.
Las noticias de la tele arrancaron, otra noche más, con los piroclastos del volcán de La Palma. Y así llevaban ya casi dos meses. Ni el presentador, ni los corresponsales que informaban en directo, ni el vulcanólogo entrevistado, y tampoco el turista, feliz por su fin de semana dedicado a los selfies con el volcán de fondo, dejaron de usar la dichosa palabra que exasperaba a Mauro Ruiz… «¡Maldita sea!… ¡Y dale con los piroclastos!… ¡Qué les costará decir ceniza, pedruscos, rocas… o lo que sea que lance el volcán, para que nos enteremos!».
La pizza estaba cruda y correosa, a pesar de que había leído con detalle las instrucciones antes de echarla al carrito del súper. No era la de siempre, pero lo ponía bien claro: «Retirar el envoltorio, colocar la pizza en la rejilla del horno, a media altura, y cocerla unos 5-8 minutos»… Y saltó de la silla en busca del horno: «¡Espabila, Mauro! Haz lo que ya sabes: precalienta el horno a 200 grados. Pon la pizza que te queda en un trozo de papel de aluminio y, hala, a la rejilla del centro. Diez minutos hasta que el queso se derrita. Y, luego, si acaso, un par de minutos de propina para que esté más crujiente».
Cerró la puerta del horno justo cuando la presentadora arrancaba el Telediario de las 9 de la noche…
La policía pide la colaboración ciudadana para esclarecer el misterio del cuerpo hallado hace un año en Pozuelo de Alarcón…
Y olvidó la pizza. Su atención se fue al televisor.
Un año después del hallazgo, la policía sigue sin avanzar en el caso del cadáver encontrado por un vecino en el parque de Montegancedo, junto a la M40. Apareció, con la cara desfigurada, en las ruinas de uno de los polvorines militares que se construyeron en esa finca a principios del siglo pasado.
Conocía bien el lugar. Mauro salía a correr de vez en cuando por el Valle de las Cañas y cruzaba a Montegancedo por uno de los dos puentes sobre la M40. Por detrás de la colonia de casas bajas de La Cabaña, se entra en un bosque de encinas, alcornoques, pinos y sabinas. Es una rara isla de naturaleza, a menos de dos kilómetros del centro del pueblo. Los caminos que la cruzan, por entre coscojas y quejigos, conectan las ruinas de una decena de polvorines e instalaciones defensivas, con garitas y torres de vigilancia, que el entonces Ministerio de la Guerra empezó a construir en la dehesa de Retamares en 1912. Le gustaba esa zona. Era un buen rompepiernas para preparar la San Silvestre.
Y la conductora del Informativo de las 21:00 horas prosiguió, con detalles que le hicieron olvidar que la cena esperaba a que pulsara el botón ON del horno.
Fuentes de la investigación han confirmado a esta cadena que, tras doce meses de indagaciones, no tienen evidencias claras que les permitan avanzar. A pesar de que algunos detalles singulares del caso hacían suponer lo contrario.
Según esas mismas fuentes, la víctima, un varón de mediana edad, apareció con la cabeza rapada y pintada de color azul. La policía científica no ha logrado aún identificar el cuerpo. Y no se ha encontrado una conexión del cadáver hallado con ningún varón en esa franja de edad de la lista de personas desaparecidas que maneja la policía.
Le dio, por fin, al dichoso botón del horno… Y sonó el teléfono. Era Guillermo. El amigo Willy. Otro autónomo. Ahora cubría sucesos y tribunales para media docena de medios online, como redactor freelance. Un par de veces al mes se acercaba al Juzgado de Primera Instancia de Pozuelo, en Ática. Y esos días tocaba café en el Tim Hortons del Zielo, el centro comercial que está al lado, donde Willy no perdonaba la ceremonia del Latte Vainilla con un par de berlitims de chocolate blanco… Ceremonia a la que Mauro contribuía con un repetido guiño irónico: «¡Que sí, Willy!… ¡Que he aprendido ya el nombre: berlitims canadienses!… Aunque parezcan un donut, sepan a donut… ¡Y, qué narices, sean un puñetero donut!».
—Necesito que me eches una mano. Mañana voy a tu pueblo. ¿Cómo tienes el día?
—Si es por la mañana, bien. Cuéntame…
—¿Has visto la noticia de Pozuelo que acaban de dar en la tele?
—Sí… Es lo que me tiene aún sin cenar, mirando al horno de reojo.
—Me has hablado alguna vez de tus carreritas por ese sitio, por Montegancedo… ¿Me llevas ahí mañana?
—¿Tú estás bien?… Te advierto que ahí no hay asfalto ¡eh! Vas a tener que pisar tierra y hierbajos.
—Tengo algo más que una corazonada, Mauro. Hay algo gordo en este asunto… Bueno, ¿me vas a acompañar o qué?
—Venga, convénceme…
—A ver, ya sabes por qué voy mucho a tu pueblo. En este país los forenses no cobran del Ministerio del Interior, sino del de Justicia. Y, por eso, la garganta profunda judicial que tengo ahí es impagable para casos con fiambre de por medio. Acabo de hablar con él… Y hay más de lo que ha dicho la tele. Hay detalles que la policía no ha contado para no entorpecer la investigación. Pero esa discreción no les ha servido de nada. Están como el primer día. Lo de hoy es a la desesperada, un último recurso antes de aparcar el caso.
—¿Y tú crees que después de esa noticia en la tele aparecerá alguien con algún indicio?
—Pues puede que sea yo mismo el que aparezca con más que indicios, Mauro… Mira, ahora cuando colguemos voy a hacer otra llamada. Voy a dar un toque a alguien que igual te suena; del entorno con el que has bregado en los últimos tiempos. Y, si lo que me ronda por la cabeza es atinado, tengo un pelotazo de exclusiva… ¡Y, hala, se acabó mi vida de freelance! Te recibiré en mi mesa de jefe de sección, con sueldo fijo por primera vez en mi vida, jornada laboral de 8 horas y fines de semana libres.
—¿Tan revelador es eso que han dicho… que el tío apareció con la cabeza rapada y pintada de azul?
—Tu vecino de la cosa judicial, el de ahí de Ática, me acaba de soplar que junto al cuerpo había un pico, de los de minero, pintado también de un color entre púrpura y azul. Igual que la cabeza. Y, no te lo pierdas, en el bolsillo llevaba un papel de ese mismo color. Me cuenta que simulaba un cheque: «Vale por 1000 (mil) VDC». Y, en la firma, había un nombre: Saverio… Y tengo más… Pero vas a tener que esperar a mañana para que te lo cuente…
—¡Vaya! Ya me he tragado el anzuelo. ¡Eso es juego sucio, Willy!… ¿Mañana a las diez?
—¿Dónde siempre?
—Mejor en La Taberna de los Poetas, la que está enfrente del instituto, en la calle San Juan de la Cruz… ¿Recuerdas el sitio? Junto a la parada del 657, el mismo autobús con el que vienes de Moncloa a Ática. Y, al volver del paseo, picamos algo ahí, en la taberna. De esa esquina sale el Camino de las Higueras que cruza por debajo de la carretera de Majadahonda; y por ahí nos plantamos en Montegancedo en menos de media hora. Por el camino me cuentas y ya te diré yo si veo claro ese contrato fijo que dices y tu próximo Nacional de Periodismo.
—Como sigas con la guasa date por no invitado a la ceremonia de entrega ¡eh!… Venga, te veo mañana a las diez.
X
Mauro iba ya por el segundo café. Eran las diez y media de la mañana y la silla de enfrente seguía vacía.
Las once y cuarto. Y el teléfono permanecía en silencio. Le había dejado ya tres mensajes en el buzón de voz. Y le había enviado otros tantos WhatsApp y dos toques más al Mensajes de su iPhone.
Iban a dar las doce y seguía sin recibir un maldito mensaje de vuelta o una llamada de respuesta. Mauro pagó los dos cortos y el descafeinado; y tomó el camino de vuelta a casa.
Eran ya las seis de la tarde. Y el teléfono seguía mudo… «¿Dónde se habrá metido Willy?… ¡Me va a oír!».
CAPÍTULO 2 • ÁreaOnline
Un día de abril de 2017. Tres años y medio antes del hallazgo en Montegancedo.
Alberto Sol era un tipo listo y amable. Pero era también inteligente, con talento y un objetivo a largo plazo. Tenía un firme propósito: hacer carrera al sprint en el equipo económico de uno de los grandes de la banca. Pero hacía ya unos años que los reclutadores de la gran banca no parecían capaces de detectar la genialidad de Alberto. Y, tres meses después de terminar otro máster más de formación permanente en ESIC, un “MPM centrado en gestión de proyectos y metodologías ágiles”, lo que volvía a tener sobre la mesa, como incontables veces en los últimos años, era otra propuesta de «contrato temporal por circunstancias de la producción, renovable mensualmente». En esta ocasión con ÁreaOnline. Una sociedad limitada, con varios portales web de noticias sobre tecnología e internet, propiedad de Iván Gayarre, un antiguo alumno del mismo instituto, con el que coincidía algunos martes y jueves en el entrenamiento del equipo de fútbol de exalumnos.
Y Alberto aceptó la propuesta. Era un peldaño táctico, útil para seguir persiguiendo su propósito. Además de un antídoto contra el cabreo que lo invadía cada vez que dejaba en blanco la casilla de «Empleo actual» en los CV que, a sus treinta y cinco años ya cumplidos, seguía enviando cada semana.
Lo que no imaginaba entonces es que tres meses en ÁreaOnline borrarían por completo su tan arraigado propósito. Iván le desveló una vía muchísimo más rápida y directa hacia el dinero, la influencia y el éxito.
Iván, el emprendedor —así es como le gustaba referirse a sí mismo—, dejó los estudios para aprovechar la gran ola de los contenidos digitales a la que se subieron los primeros surfistas de la web, a mediados de la primera década de este siglo. El impulso de las operadoras telefónicas a la tecnología ADSL, para ofrecer conexión a Internet en casa sobre la propia línea telefónica de abonado, disparó la aparición de portales web dedicados a noticias sobre tecnología y las posibilidades de internet. Era una información perseguida con avidez por una franja de población en crecimiento acelerado, que permanecía ignorada, o tal vez aún inadvertida, por los medios de comunicación convencionales.
Todo era nuevo y llamativo: dispositivos, avances, ofertas, servicios… Y los potenciales clientes de esa avalancha de propuestas, la mayoría jóvenes y ajenos a los medios de comunicación en papel, buscaban esa información en la web.
Algunos emprendedores, como Iván, se subieron a esa primera gran ola de los portales web. Había mucho dinero por cosechar. Dinero en manos de las compañías que ofrecían la conexión a Internet, los servicios, los ordenadores personales...
X
Ocho y media de la mañana. Hoy iba a ser su primer día de trabajo en ÁreaOnline. Y Alberto estaba ya en Pirámides, en el andén de la estación de Renfe Cercanías, a punto de tomar el tren. Veinticinco minutos después, ya en Aravaca, Alberto pulsaba el timbre en la puerta de la oficina de ÁreaOnline.
—¿Eres Alberto, no?… Te estaba esperando —dijo la bella sonrisa que abrió la puerta—. Soy Vera. ¿Te ha dicho Iván que vas a trabajar conmigo?
—No, aún no sé cual va a ser mi trabajo… Pero Iván me aseguró que tenía que ver con lo mío, con mi último máster.
—Anda, entra… Iván no suele aparecer antes de las nueve y media. Mientras llega te voy a enseñar la oficina. Y así nos conoces a todos… Bueno, a casi todos —corrigió Vera, cerrando la puerta—. Contigo vamos a ser catorce: trece aquí en la oficina y Gabi, el socio de Iván. Él lleva la cosa técnica en remoto, desde Londres, donde vive… Ya le conocerás, porque cada mes está un par de días por aquí.
—¿Catorce…? —la miró Alberto, sorprendido—. ¿Solo catorce empleados para llevar todas las webs y la empresa?
—Sí, claro. No hacen falta más… Te habrá dicho Iván que tenemos ocho portales web. El dedicado a las noticias de las operadoras de telefonía, el de móviles, otro sobre tabletas, el de accesorios, uno de ordenadores, el de software, y otro sobre noticias de Internet en general… ya sabes: redes sociales, ciberseguridad… ¡Ah! y el octavo, claro, el último que hemos abierto hace tres meses, dedicado a las apps, a las aplicaciones para los móviles y tabletas.
Alberto siguió a Vera hasta una larga mesa corrida, junto a la pared de cristal que se asomaba a las vías del tren de Renfe Cercanías.
—Chicos, ya está aquí el nuevo... Se llama Alberto.
Y, señalando a los cinco que estaban sentados alrededor de la mesa, Vera hizo las presentaciones…
—Estos son los amos de los portales: Chema, Miguel Ángel, Luis, Pablo y Fernando… ¡Y, sí hombre sí, no pongas esa cara! —rió Vera, dándole una palmada en el hombro—, con estos cinco nerds nos sobra para llevar las ocho webs.
—Yo coordino el grupo y cada uno de ellos lleva dos portales. Y, sí, no es tan complicado, porque las empresas no paran de mandarnos notas de prensa… —dijo Chema, sin levantar la vista del teclado del ordenador.
—Y, para lo que no nos llega ya redactado, tenemos a un montón de colaboradores freelance que van posteando lo que pillan por ahí… ¡Que no es poco! —añadió Miguel Ángel, apuntando a la pantalla que tenía en frente.
—Además, esa macrorredacción virtual nos sale bien barata, ¿verdad Vera? —cerró Pablo, con una carcajada que secundaron los otros jefes de los portales.
Antes de que Alberto terminara de dar la mano a los cinco, se abrió la puerta de la oficina y apareció Iván, acompañado de Adela, la jefa de administración.
—Buenos días, Alberto —saludó Iván, sin detenerse, camino de la puerta de su despacho—. Cierro un asunto con Adela y, en un cuarto de hora, os veo a ti y a Vera —y, con un guiño a Vera, añadió—: anda, enséñale mientras la oficina y la que va a ser su mesa de trabajo.
ÁreaOnline ocupaba la mitad de la tercera planta del edificio de oficinas Evion, junto a la estación de Renfe Cercanías. Era un rectángulo con tres grandes paredes de cristal, la más extensa alineada con las vías del ferrocarril que une Aravaca con Madrid.
En el espacio central había dos largas mesas de trabajo, compartidas por los empleados de los portales web y publicidad. A un lado de esa zona de trabajo estaba la sala de reuniones y la que llamaban la cantina: otra gran sala con máquina de café, horno microondas, un amplio frigorífico y mesas para descanso de los empleados. Y, en el lado opuesto, dando a la otra fachada de cristal, estaba el despacho de Iván, entre el despacho de administración y contabilidad, y la zona de marketing controlada por Vera.
Después de presentarle a Sonia de recepción, a Paula y a Yago, los comerciales encargados de publicidad, y a Lola, la contable que trabajaba con Adela, Vera llevó a Alberto a sus dominios, donde iba a ocupar la mesa de trabajo frente a la suya.
X
Vera y Alberto llevaban ya un buen rato en el despacho de Iván. Media hora durante la que el jefe no había dejado de hablar, mientras Vera, en sincronía con él, iba anotando palabras y dibujando flechas en la pizarra blanca que ocupaba dos metros de pared.
Media hora durante la que Alberto apenas había parpadeado. Mudo. Aunque asintiendo con la cabeza cada vez que el dedo índice de Iván le señalaba. Y, ahora, con la vista pegada al recuadro rojo en el que Vera había encerrado la palabra a la que apuntaba la última flecha: UAL.
Esa era la definición del que iba a ser, desde hoy, su peculiar trabajo. Su misión.
CAPÍTULO 3 • El método Iván
Ese mismo día de abril de 2017, por la tarde. Tres años y medio antes del hallazgo en Montegancedo.
Alberto Sol repasaba las notas que tomó durante las casi tres horas que había estado encerrado en el despacho de Iván. Y no podía reprimir una mueca, involuntaria, que apuntaba media sonrisa, cada vez que leía las siglas con las que Iván se refería a lo que llamaba mi método y que, desde hoy, iba a ser la definición de su nuevo trabajo: UAL.
—No veas cómo se lo va a pasar con este trabajo —le soltó Iván a Vera en la reunión de la mañana, con una medio carcajada, y señalando a Alberto—. Aquí, como le ves, este tío es un genio. En los partidos de los jueves, nadie le supera haciendo que le piten penaltis al equipo contrario.
La sorprendente lección magistral que le impartió Iván por la mañana poco tenía que ver con lo que había aprendido en los tres másters que adornaban su CV. Y, no obstante, esas escasas tres horas estaban ya diluyendo su propósito de hacer carrera al sprint en la banca. Alberto empezaba a intuir que ésta era una mejor rampa de lanzamiento para volar bien alto.
—Nuestro modelo de negocio es bien sencillo —le explicó Iván—: ayudamos a las empresas de tecnología a crecer, dándoles la oportunidad de contratar nuestro servicio estrella de product placement… de posicionamiento de producto, vamos, que aquí, entre nosotros, llamamos UAL.
—Y que, además, es muy rentable —recalcó Vera—… tanto para ellas como para nosotros.
—A ver, yendo al grano, la empresa que nos contrata el servicio UAL se beneficia de una campaña de posicionamiento de producto en al menos tres de nuestros portales web. Los que ella elija —añadió Iván—. Y, sin más, tiene garantizada la mención continuada y positiva de sus productos en esos portales…
—¿Es o no es, como dice bien claro el nombre con el que lo hemos bautizado internamente, un acuerdo limpio… y rentable? —cerró Vera con una sonrisa cómplice.
Otro punto que llamó la atención de Alberto fue la respuesta de Iván a su interés por conocer el motivo por el que había tantas menciones y tan positivas de productos orientales, de empresas chinas y coreanas, en los portales de ÁreaOnline.
—Hemos ido a por ellas, Alberto. Y casi ninguna ha dejado pasar la oportunidad de promocionar sus productos en España, y en Hispanoamérica donde tenemos también muchos seguidores, contratando el servicio UAL.
Alberto reparó también en que Iván se refirió a dos de esas compañías chinas como «nuestros socios», porque el pacto UAL con ellas era especial. No había dinero de por medio. A cambio, esas dos compañías propietarias de potentes granjas de servidores, se ocupaban del hosting, alojando los portales web de ÁreaOnline. De modo que, gracias a esos socios, toda la infraestructura de servidores web en la que se apoyaba la actividad de la empresa, operaba sin mover dinero.
Otra lección importante de la mañana fue conocer cómo definía Iván a los ocho portales web de su empresa.
—A ver, Alberto, por supuesto que ÁreaOnline se presenta como una empresa de medios de comunicación. Eso es lo que somos y lo que vamos a seguir siendo para la gente de la calle. Para todos los que buscan información en Internet… Pero te dije ya que, realmente, de puertas adentro, nuestro negocio es otro. Es ayudar a las empresas de tecnología a crecer, ofreciéndoles nuestro innovador servicio de posicionamiento de producto que, aquí, entre las paredes de esta oficina, llamamos UAL.
Iván insistió en que, de puertas adentro, eran una más de las muchas agencias de servicios a empresas que había en el país. Aunque con una gran diferencia, añadió: «en lugar de ofrecer toda esa retahíla habitual de servicios de asesoramiento en publicidad, en marketing, en responsabilidad social corporativa, en comunicación… nosotros les ofrecemos un servicio único, sin competencia, y cuyos magníficos resultados pueden ver y medir desde el primer día».
—Tenemos el arma más poderosa para hacerlo, Alberto: nuestras webs. Son perfectas para conectar a nuestra audiencia con sus futuros clientes. Son los mejores altavoces para influir directamente en sus clientes potenciales y hacer que elijan sus productos… Y la clave, la guinda del pastel, es que, al contratar nuestro servicio UAL, esa influencia es siempre positiva para sus productos… Y lo contrario para los productos de sus competidores directos…
Y, acercando su cara a la de Alberto, clavó en él una mirada de depredador y añadió…
—Y, sí, ¡claro que has apuntado bien!… porque el gran activo de esta empresa es justamente ese… Que todo el mundo cree, y debe seguir creyendo, que nuestros potentes altavoces, nuestros portales web, no son más que simples medios de comunicación… ¡Ilusos!… —Y girando la cabeza hacia Vera, Iván rompió en una estruendosa carcajada.
Alberto apartó a un lado los folios con sus notas. Eran ya casi las cinco de la tarde y no había empezado aún a trabajar en el primer encargo con el que Iván cerró la reunión de la mañana.
La primera de sus responsabilidades era, desde ya mismo, encontrar nuevos clientes para el servicio UAL. Misión que estaba en perfecta sintonía con su formación y sus másters, insistió Iván, antes de añadir el que calificó como «mi mejor consejo para hacerte, volando, con un contrato fijo y un sueldazo: juega como lo haces en nuestras pachangas futboleras de los jueves, porque como ahora se te ocurra tener escrúpulos vas a estropear tu futuro aquí».
—Tienes un par de días para darle vueltas. Y el lunes nos sentamos Vera, tú y yo para ver el resultado —fue el encargo de Iván—. Procura traer un par de buenas opciones entre las que elegir al próximo cliente. Céntrate en empresas con productos que encajen con nuestras webs. Empresas con recursos y con un buen potencial de crecimiento… ¡Ah! Y hazles un análisis FODA, para que podamos ver cuales son las fortalezas, las oportunidades, y las debilidades y amenazas de esas empresas candidatas.
Al oír esa última parte del encargo, Alberto torció el gesto…
—Sí, Alberto, sí… Has oído bien: un análisis FODA, de sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, como los que estarás ya harto de hacer en tus másters. Es crucial para que, como ya te contaré en su momento, puedas cumplir con la segunda parte de tu trabajo. La parte más rentable… ¿Verdad, Vera?
CAPÍTULO 4 • Gearphone
Lunes, 24 de abril de 2017. Tres años y medio antes del hallazgo en Montegancedo.
Iván llegó pronto a la oficina. Y, antes de las diez de la mañana, Alberto le había presentado ya las dos empresas candidatas para el que iba a ser su primer UAL; teniendo claro de antemano por cual de las dos se iba a decantar Iván. Y, en efecto, la elegida fue Gearphone. Un fabricante de accesorios para móviles que, aprovechando el último Mobile World Congress, había abierto en Barcelona su filial española.
La compañía, bien implantada en su país de origen, Canadá, quería operar en Europa y había elegido España para aterrizar en el continente. Sus productos competían con éxito en Canadá y EEUU, avalados por una buena imagen de fiabilidad y respeto medioambiental, al punto de haberle dado ya un buen bocado a la cuota de mercado de las marcas chinas que, hasta ese momento, monopolizaban la oferta de accesorios para móviles.
—Pues, hala, ahora te toca demostrar tu habilidad negociando, Alberto. Ya te he dicho que aquí puedes llegar a ganar una pasta, pero tenemos que ver antes si en este otro deporte rematas bien a puerta —sonrió Iván. Y mirando a Vera, añadió—: visto lo que factura la matriz de Gearphone, éstos tienen pasta suficiente como para que les apliquemos la tarifa alta. Siéntate con él y cuéntale cómo funciona el contrato de UAL, las tarifas y demás detalles.
—Y tú, Alberto, a ver si te estrenas cerrando tu primera venta… Por ahí se llega pronto al contrato fijo del que hablamos —le despidió Iván, con una palmada en el hombro.
Alberto había salido ya del despacho, cuando Vera se dio la vuelta y se dirigió a Iván, en voz baja…
—¿Así, por las buenas?… ¿Lo mandas a vender UAL sin poner antes el cebo?
—Vamos a ver de qué es capaz, Vera. Vamos a ponerle a prueba… Y así entenderá mejor como funciona mi método y veremos si sirve o no para este trabajo.